Entrevista COVID-19

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Joaquín Puerma Endocrino Covid

Covid-19. Entrevista de la experiencia en planta de hospitalización durante la pandemia.

Qué lejos parecen esos meses del COVID-19 en marzo-abril y qué rápido pueden volver de nuevo, si no nos conscienciamos y nos tomamos en serio las medidas de precaución (higiene de manos, distancia de seguridad y social…). Este es el extracto de la entrevista que realicé allá por mayo a Mar Bassa, la cual tiene un blog de periodismo y artículos que invito a ver. Sobre todo su serie de artículos sobre la pandemia que retrató a varias personas implicadas en el cuidado de los pacientes afectados.

El despertar de un día eterno en el hospital COVID

Covid-19 Joaquín Puerma Endocrino
—El día a día es repetitivo, siempre el mismo pijama blanco y las caras tapadas con las máscaras, cuando no con el EPI completo. Teniendo en ocasiones la sensación de que estamos repitiendo una y otra vez el mismo día.
Joaquín Puerma Ruiz, malagueño y criado en Estepona, es licenciado en Medicina en la Universidad de Granada y realiza la formación de especialista en Endocrinología y Nutrición. La pandemia del coronavirus le ha cogido trabajando en el Hospital Universitario Fundación de Alcorcón y, como muchos, ha tenido que enfrentarse a ella como ha podido.
El trabajo en planta de hospitalización es una labor que no realizaba desde hacía varios años y le costó bastante adaptarse tanto a la dinámica de trabajo como a las nuevas medidas especiales contra el coronavirus. Cuando la situación empeoraba, por el aumento de casos y por las bajas médicas por infección por coronavirus —en los primeros días apenas iban protegidos y casi sin medidas de precaución, por desconocimiento o por subestimar el problema—, tuvo que asumir funciones de médico de planta de hospitalización COVID.
—El trabajo en hospitalización es difícil de realizar con las medidas de protección completas, ya que muchos de ellas son de plástico y nos hacen sudar abundantemente, las gafas o las pantallas de protección se empañan y nos hacen ver peor.
A todas estas adversidades físicas se unen las dificultades teóricas de enfrentarse a una enfermedad nueva a muchos efectos y con una expansión pocas veces vista.
Los protocolos en su hospital, asegura, se han intentado actualizar con cada renovación de evidencia científica y con las múltiples reflexiones que se realizaban en las sesiones médicas. Han llegado a compartir cantidades ingentes de información médica por redes sociales, redes de divulgación científica, revistas y “en los mismos pasillos del hospital, con reflexiones en los comedores sobre como tratar este mal, ha sido impresionante”.
La rutina en el Hospital Universitario Fundación de Alcorcón comienza con un pase médico en el salón de actos, con la distancia entre médico y médico de 2 metros, con mascarillas todos, en el que se cuentan las novedades del pase de la guardia de la noche y las actualizaciones de los protocolos. Después, cada uno en sus ordenadores, repasa los pormenores de cada paciente y los resultados analíticos, intentado pasar sobre las 10 de la mañana.
En una hora u hora y media se pasa visita a los pacientes de las zonas designadas como zonas COVID, en los que están los pacientes que son positivo para la prueba o que tienen alta sospecha de que lo tengan, a pesar de que la prueba sea negativa. “Esta prueba se ha visto que tiene una baja sensibilidad y en ocasiones falla”, sentencia.
Ponerse el EPI es un proceso diario que para realizarse con total seguridad se debe hacer en 10 o 15 minutos: consiste en ponerse un equipo que a veces es un mono de cuerpo completo u otras veces ha sido una bata, luego se pone doble guante, se coloca sobre la boca y la nariz una mascarilla FP2, encima una mascarilla quirúrgica para mayor seguridad y poder reutilizar las primeras. Se añade un gorro para el pelo y gafas protectoras —muy similares a las que se usan para bucear— o una pantalla protectora.
—Esto es cuando no tienes prisas, cuando un paciente tiene dificultades que exigen ser vistas rápido, se realiza con mayor rapidez y, en algunas ocasiones, algún paso no se realiza correctamente.
Es complicado auscultar a un paciente teniendo el gorrito para el pelo encima de las orejas, con los guantes se pierde mucha mano para hacer muchas cosas. Lo realmente peligroso para contagiarse no es pasar visita a los pacientes, sino cuando se quitan el EPI, ya que están cansados de “toda la tensión y, en ocasiones, un poco deshidratados”. Hay que quitarse el traje con cuidado para que no haya gotas cargadas de virus, y tiene que realizarse en la tramo final de la parte “sucia” de la planta del hospital, muchas veces con ayuda de compañeros.
Ahora las cosas están mucho mejor, asegura, tanto por menor presión asistencial como una mayor organización y experiencia a todos los niveles. La enfermería en su hospital ha cumplido una labor “impresionante” y durante sus jornadas de trabajo de ocho horas pueden estar la mitad con el traje EPI-2, lo que puede acarrear un desgaste físico.
—Realmente creo que nunca se llegará a reconocer todo el trabajo que se ha llegado a realizar, pese a la presión y al miedo de infectarte tú y tus allegados.
Para ver el resto de la entrevista invito acudir al enlace del artículo original El despertar de un día eterno en el hospital
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